La carta misteriosa

    Érase una vez una bruja buena que vivía en Nueva York, en uno de esos enormes edificios que todo el mundo llama rascacielos. Nueva York está en los Estados Unidos de América, y Cecilia, que una mañana recibió una carta misteriosa, montó a lomos de su escoba mágica y cruzó el océano hasta llegar a casa de Charlot.

    Charlot y Cecilia habían ido a la misma universidad americana y se habían casado al mismo tiempo. Cecilia y su marido ya no estaban juntos y Charlot y el suyo estaban a punto de separarse. Y, entonces, Cecilia recibió la misiva misteriosa.

    La carta no decía mucho, pero dejaba claro que todas las brujas buenas, de todos los lugares del planeta, estaban en peligro, y Cecilia necesitaba la ayuda de su amiga y de Fernando, su marido, que también pintaba bastante en aquel asunto.

    Tardó en llegar unas cuantas horas, contemplando las estrellas y el cielo azulón con su luna sonriente.         
    Llegó cuando estaba a punto de amanecer y se coló por la chimenea de la acogedora casa de Charlot y Fernando. Dejó la escoba apoyada en la pared y subió la escalera en silencio. Abrió la puerta del cuarto de Charlot y la encontró durmiendo, con los rizos revueltos sobre la almohada. Respiraba tranquila, soñando plácidamente con cosas ajenas a Cecilia y la carta que los metería a todos en problemas.

  La mata de pelo naranja se movió, desplegándose sobre la almohada; Charlot, respirando boca arriba, exhaló el aire y dejó caer el pañuelo de papel, que tenía arrebujado en la mano, sobre la alfombra de color chocolate.

   -Vale, bruja del tres al cuarto; ya estás contándome qué haces aquí, a estas horas. Bonita capa -admitió Charlot en un susurro, observando el color morado y aterciopelado de la capa de Cecilia, incluida la capucha.
   -No mucho -repuso Cecilia-. Hay que despertarle, me temo-. Señaló a Fernando con un dedo, quien dormitaba como un bebé, sin enterarse de nada.
   -Ya. Tú lo has dicho. Pero... -Charlot se quedó absorta mientras se colocaba el batín-. No sé porque presiento que se trata de un asunto...
   -Peliagudo- concluyó Cecilia-. Y necesitaremos su ayuda- dijo; y, de nuevo, señaló a la cama, justo hacia la cabeza del marido de Charlot.
   -Bajemos. Primero tenemos que hablar. Te esperaba la pasada primavera, ¿recuerdas?- Charlot puso el pie, con su zapatilla suave, blandita, blanca como la nieve, en el primer escalón, y así, las dos, descendieron la escalera; dieciocho peldaños, para ser exactos.
    Charlot encendió la chimenea.
   -Veo que conservas la varita que te regalé. Creí que estaría rota.
   -Muy graciosa- protestó la otra bruja, sonriendo entre dientes.
   -Una por año- dijo Cecilia.
   -Sí, una por año, rota o descompuesta por las llamas de esos malditos tritones. Siéntate y deja de importunar con tonterías.
   -¿En ese sillón? Ni hablar.
   A Charlot se le pusieron los ojos casi del revés.
   -¿Qué le pasa a mi sillón?
   -Nada, sólo que es rojo y no me sirve en los días de luna.
   - ¿Por los hombres lobo?- preguntó Charlot.
   -No, por el color rojo.
   - Entiendo -dijo Charlot-. Yo sí me sentaré.
   Charlot se arrellanó en el sillón y Cecilia apagó el fuego.
   - ¡Qué haces!- protestó Charlot-. Estás muy rara, Cecilia.
   -Nos observan- repuso su amiga, impidiéndole que volviese a encender las ascuas. Tomó asiento en el sillón rojo, junto a Charlot.
   -Idiota y loca de remate. ¿Quién va a ver qué y dónde?
   -Espíritus del fuego.
   -Ya. Y sillones rojos. ¿No dijiste que...?
   -Mira esto -interrumpió Cecilia; y cuando estaba a punto de enseñarle el contenido de la carta, vieron bajar por la escalera de madera de nogal, con su pasamanos rosa brillante, a Fernando, somnoliento y enfadado, pero despabilado del todo.
  -¿Qué os traéis entre manos, par de brujas?
  -Sin faltar, que lo que traigo tiene que ver contigo.
  -Sí, claro, yo hago pócimas, conjuros y vuelo en aspirador. ¿No has traido a tu gato, Cecilia?
  -Mi gato no vuela.
  -No, pero estornuda y puede sernos útil- respondió Fernando con guasa, cruzando los brazos a la altura del pecho, sobre su bata-. ¿Y bien?
  - ¿Y bien?- repitió Charlot.
  -Sí. No viene con el cambio de estación y aparece en pleno invierno. Bonita manera de despertarnos. En un momento oíremos al gallo trinar.
  -Igual de bromista-. Cecilia le entregó el sobre con el lacre roto y una mancha de café.
  -Igual de descuidada.
  -Eran las tres -observó Cecilia.
  -Ya. Y el susto fue monumental, porque esto sí que no tiene arreglo.
 -¿Qué no tiene arreglo?- preguntó Charlot, girando la cabeza a un lado para mirar a Cecilia-. Dime algo. ¡Fernando!
   Y, mientras Cecilia y su marido se evadían del asunto, Charlot se puso tan nerviosa que su chaqueta de lana cambió del naranja al azul y el pelo se le puso tieso como el de un puercoespín.
   Fernando no mejoró el asunto cuando le devolvió el papel a Cecilia.
   - Quiero verlo-. Estiró la mano, pero ya era tarde.
   - Que te lo cuente-dijo Cecilia, levantándose-. Yo tengo que marcharme.
   -Pero... yo... tú...-protestó Charlot, mirando alternativamente, y totalmente confusa y algo descompuesta, a Fernando y a la desaparecida Cecilia.
   - ¿Has visto eso?- musitó Charlot-. No puedo creerlo. ¿Vas a contarme lo que dice ese...? Fernando.
   -No sé tú, pero yo me vuelvo a la cama-contestó Fernando.
   Y esta vez sí que, con su pelo encendido de naranja y los ojos repletos de curiosidad, Charlot estiró la mano, junto con la varita mágica, la última e imperecedera, y dejó paralizado a su marido desde el cuello para abajo.
    -Simpática, muy simpática- protestó Fernando, detenido al pie de la escalera. Charlot se acercó, lo rodeó hasta quedar de cara y le pidió amablemente que le contase algo interesante.
    -Mejor es que lo leas.
    -Ya. Verás, resulta que hay un inoportuno inconveniente- replicó Charlot, molesta.
    - No entiendo para qué te pones esa cosa encima del batín de seda.
    -Porque hace frío y porque me gusta. El asunto sigue siendo el mismo, deja de evadirte.
    -Haz una replica. Yo que sé. Quiero dormir.
    -Está bien. Como gustes.
    Agitó la vara en el aire con un movimiento circular y un pequeño osito blanco subió la escalera trastabillando y gruñendo y fue a tumbarse en la cama.
    -Mañana hablamos. Un conjuro de los cortos y desagradables- le dijo Fernando en su forma original.
    -Si gustas, te transformo en una lechuza y no pegas ojo en lo que resta de noche.
    -¿Conoces a una tal Dalila? -preguntó Fernando, cambiando de tema, cuando Charlot se había despojado de la chaqueta y el batín.
    -¿Para qué me cuentas nada? ¡Tamaño desastre!- se quejó Charlot, acomodándose abatida junto a Fernando.
    - ¿Qué sucede? ¿Es que no te alegras de que todos estemos en peligro de extinción, cual lince ibérico?
    -Deja de decir sandeces y duerme.
    Se dio la vuelta de costado y Fernando hizo lo propio.
    Cecilia, entre tanto, viajaba a toda velocidad para consultar el problema con Anatolio, y casi, casi, había llegado a su destino en el instante en que Charlot y Fernando se quedaban dormidos a la par.

    Anatolio la recibió con mucha amabilidad y consideración, como siempre hacía, pero no tardó en decidirse a ignorarla y observar fijamente su avioncito de papel.
    -Te traigo algo-. Cecilia sacó de su bolso un barquito luminoso.
    -¡Vaya, esto sí me gusta!
    La atención de Anatolio recayó sobre el barquito, el cual acogió entre sus manos con delicada devoción.
    -Luego. Ahora tenemos que tratar temas importantes-. El niño dejó la galera diminuta flotando en la penumbra de la habitación-. Mira esto. No es peligroso, o sí lo es. Dime una cosa y el barquito brillante es tuyo.
    El niño de pelo amarillo y ojitos pequeños la observó con desdén un instante, luego la mirada de ojos marrones se suavizó, y, por último, la dirigió al trozo de papel.
   - ¿Y bien?-inquirió Cecilia.
    El pequeño dejó caer la carta con su sello roto y todos los problemas que contenía y contendría en el futuro. Su atención regresó al barquito y no hubo manera de sacarlo de su ensimismamiento hasta un rato después.
     Cecilia esperó pacientemente recostada en un diván de plumas de faisán, tan falsas como el resto de la ilusoria habitación.
     - Tiene que ver con Dalila, y ya sabes que todo lo que tiene que ver con Dalila trae problemas. Visita a El Árbol de las Hojas de Miel y que te dé una solución.
    Cecilia se marchó, difuminándose como una aparición. En poco tiempo se encontró hablando con las hojas color de miel de el Árbol de las Hojas de Miel.
    -¡Aquí está! Gracias.
    No hay de qué- leyó Cecilia en una de las páginas, y cerró el último libro de El Árbol de las Hojas de Miel, un árbol muy especial que servía para acumular libros en sus ramas y que era lo más llamativo de su jardín, en Léemelo.
    Así fue que Cecilia abandonó Léemelo y se acercó peligrosamente al Barranco del No y del Sí, tan certeramente contradictorio y mutante. Y no dejaba de pensar en la carta y en el niño de la habitación ilusoria, que sabía un poco del futuro y del pasado, y en el árbol que por frutos tenía libros.
De vuelta a casa de Charlot, tropezó con una esquina de la cómoda, lo que la hizo sentirse como una bruja boba e inexperta.
     -Cecilia, entrégame esa carta o te envío a plantar alcachofas a ya sabes que lugar alejado y monótono- exigió Charlot, incorporándose en el lecho, amenazando a Cecilia con un encantamiento catastrófico.
     -Si pensaba dártela. Es que tenía prisa. Hola, Fernando.
    -Hola, Charlot. Yo no os hago falta, así que bajo a hacer el desayuno-informó Fernando.
    -Nos haces falta-dijo Cecilia-. ¿A que sí, Charlot?
    -A que sí- dijo Cecilia tras leer la carta-. De esto se trata.
    -Sí, y necesitamos, creo, toda la ayuda posible. Tenemos que reunir al resto de las brujas.
    -Yo me voy-dijo Fernando, dirgiéndose hacia la puerta del cuarto compartido.
   -Ni hablar, tú te quedas. Por mí puedes preparar todos los desayunos que quieras, pero no sales de esta casa sin que hayamos discutido el plan- le advirtió Cecilia.
    - ¿Qué plan?-objetó Fernando, confundido-. ¿Preparo tostadas con mermelada?
    -Por mí vale.
    -Está bien para mí también-opinó Cecilia.



    Desayunaron casi en un abrir y cerrar de ojos, porque no tenían demasiado tiempo. La carta explicaba, con una claridad apabullante, que las brujas, todas, tenían que reunirse en el Claro de la Luna de Rivertheplace a las 7:30 horas de esa misma mañana.
     Lo que tuvo gracia fue el leve atragantamiento de Fernando, el marido de Cecilia, quien se puso de un color un tanto amoratado o azulado o verdiazul, porque Charlot lo solucionaba todo con la varita mágica, hasta los atragantamientos leves por mermelada de arándanos.

   -¿Mejor?- preguntó Charlot.
   - Oh, sí- respondió Fernando-. Mucho mejor. El pelo amarillo hace juego con mi jersey y tendré que cambiarme los zapatos.
   Fernando dejó de mirarse en la puerta metálica y replandeciente de la nevera y advirtió a Cecilia, con el ceño fruncido y los labios apretados, que no pensaba ir al cónclave ni en broma.
   - Nadie te lo ha pedido. Lo que tú tienes que hacer es buscar a los tritones.
   - ¿What? ¿Qué yo busque a esos...?
   -Tritones- repitió Charlot-. Sólo son tritones, querido. Y no te preocupes, que en un par de días vuelves a tener tu aburrido pelo castaño.
   La bruja apartó la silla y se dirigió a Cecilia en un murmullo. Las dos abandonaron la cocina por la puerta de atrás y se marcharon en el coche camino de Transilvania. Fernando se quedó en la cocina con los codos apoyados sobre la mesa, tan cabizbajo que a apenas se acordaba de el color de su pelo ni de los tritones.

   - ¡Verano!
   Fernando protestó con un gemido, giró la cabeza, y allí lo tenía. Estuvo a punto de preguntar, como era habitual en él, ¿What?, pero lo dejó para otro momento, porque el ser extraño volvió a repetir de in mediato "Verano" con exclamaciones.
    El marido de Cecilia no salía de su asombro. Decidido a quedarse en la casa y no abandonar la silla por nada del mundo, como si estubiese encolado, volvió a mirar hacia las alacenas de enfrente.
   - ¡Verano!
   - Predica- le dijo Fernando, con la mirada aburrida y somnolienta enclavada en las alacenas de madera-, que yo sigo a lo mío. tengo que buscar tritones-, e igual de pensativo se levantó del asiento.
    Al llegar al piso de arriba, se encontró con el pequeño ser reflejado en el espejo colgado sobre la cómoda de la habitación de invitados.
   - ¡Verano!
   - ¡Está bien, deja de repetir verano, o te ensarto por el cajón de la cómoda! ¿ Qué quieres y quien eres?
   Y se dio la vuelta, topándose con la silueta dada la vuelta.
    - ¡Verano!- repitió, y rió tal como estaba, cabeza abajo.
     Fernando respiró un par de veces profundamente y ladeó la cabeza.
    - Está bien. ¿Tengo que suponer que te llamas verano o se trata de un juego? Tengo que cambiarme los zapatos- dijo, con la vista sobre sus pies. Después se acercó hasta el armario.



    Entre tanto, Cecilia y Charlot viajaban a la velocidad del rayo por la carretera, dejando una estela de luz, apenas visible para los humanos, a su paso.
   -No llegamos- protestó Charlot, pisando a fondo el acelerador- ¿Cuando fue la última vez que engrasaste los frenos?
   - Ayer- contestó Cecilia.
   - Ay. Pues ese el problema. ¡Ayer! Deberiamos estar volando Cecilia. Aún nos queda rato para llegar a Transilvania, y no te digo nada sobre llegar al Claro de la Luna.
    - ¿Y cómo iba yo a saber que vendrías hoy? Suele llegar el correo antes que tú, no es problema mío que llegues sin enviar nada- protestó Charlot, agarrándose al salpicadero para evitar golpearse contra el cristal.
    Cecilia pegó otro volantazo.
    -Tampoco tengo yo la culpa de que mi gato esté resfriado. Arquímedes no es el único que tiene problemas de comunicación. ¿Qué pasa con la chimenea?
    - La chimenea... -Cecilia cogió aire-...la chimenea... ¿dejaste caer algo por la chimenea?
    - Sí, dejé caer algo por la chimenea- objetó Charlot, aminorando la velocidad-. ¿Ves eso?
    - ¿Qué pasa?-  preguntó Cecilia, mirando en la dirección que indicaba la mirada oscura de la otra bruja.
-Cambiadas, estamos absolutamente cambiados y no sé cómo ha sucedido.
-No importa -contestó Charlot (que , en realidad, hacía un rato largo que se parecía más a Cecilia que a Charlot.
-Pronto llegaremos al claro de luna -dijo Cecilia, que realmente era Charlot.
-¡Esto es un lío! -dijeron las dos a la vez. Y trataron arreglarlo con la varita.
-¿Ves eso, ves eso? -repitió Cecilia, y Charlot, y hasta el búho blanco que había entrado por la ventana trasera del coche de Charlot, aparcado cerca de la acera, justito al lado de un centro comercial.
-Charlot- dijo Cecilia. ¿Qué viste? Si es que no entiendo porque nos hemos detenido en el Marineda City.
-Espera que esto lo arreglo yo en segundos.

Cecilia y Charlot no entedían grancosa, sólo que antes, un poquito antes de salir de casa, Charlot era un poco menos Cecilia y Cecilia era un poco menos Cahrlot. Así que ahora Cahrlot bajó como copiloto y Cecilia conducía le coche, conducía o hacía que conducía con las manos aferrradas al volante.
-Arreglado.
-Arreglado qué?, preguntó Cecilia, en pie, aturdida, alisándose los vaqueros con las manos- ¡Ah, bueno! Entiendo-. Se tambaleó un poco derechita al centro comercial. Charlot la siguió de cerca.
-Y te decía...
-¿Qué decías?- preguntó Cecilia, obnubilada por el letrero, caminando tiesa como una  farola, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones.
-Lo que he visto.
-Ya sé -dijo Cecilia, quitándole importancia. Frunció el ceño y miró alrededor como buscando algo-. Un búho. Luego hablaremos de eso. Cuando dejemos de estar del todo cambiadas.
Subió la acera, se enredó entre la gente y perdió de vista a Charlot. Charlot decidió regresar al coche y esperarla. Se sentó en el asiento del conductor, dentro del cohce amarillo. el buhó, muy quieto, se empeñó en decir tonterías, pero cahrlot se empñó también en no escuchar nada en absoluto. Al rato cecilia subió con un par de bolsas, para ese entonces Cecilia ya era Cecilia y Charlot era Charlot, pero Charlot ya había decidido que Cecilia debía ser más decidida.
-Deja los juegos de palabras, que no te funcionan conmigo. Al volante, charlot, y deja los juegos, las compras y los jerseys de cachemira.
-Es un sombreo -protestó Cecilia.
-Para el búho, será. A ver.
Chrlot hurgó en la boolsa, se puso el sombrero, se miró en el espejo y lo lanzó ipsofacto por la ventana como un disco volador.
-Pero Charlot -protestó Cecilia.
-Y no puede ser. Seguimos cambiadas. esto lo arreglan en el Claro, porque la carta dejaba muy claro también que podrían pasar "cosas extrañas"
-Es frustrante -dijo Cecilia.
-Es frustrante -repitió Cahrlot. Cahrlot encendió el motor.
-Y mi pelo, Cecilia, ahora cambia de color -. Y Cahrlot, que ahora era Cecilia, sonrió.
-Un lío -dijo el búho-. rumbo a casa.
-A casa -repitió Cahrlot. El coche arrancó con un alarido y salió volando carretera adelante como un bólido de carreras, dejando una estela que sólo podían ver las brjas experimentadas.

Dejaron atrás las casaas, los centros ocmerciales, los edificios altos, las oficinas acristaladas, cambiaron de ruta y volaron, volaron, volaron... Tendrían que estar volando hasta Trnsilvania, pero...
Volaron hasta la cas del Reloj de Cuco.
    

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