miércoles, 10 de noviembre de 2010
El lobo y el pez
En el bosque hay muchos lobos, eso lo sabe todo el mundo. No son peligrosos cuando no tienen hambre.
El lobo de nuestro cuento tenía muchas ganas de comerse algo, lo que fuera, y entró en la casa de Jonás.
Jonás tiene cuatro años y es el niño más grande de su clase, casi no cabe en la silla, que se le va quedando pequeña. Jonás tiene el pez más pequeño del mundo, o eso le parece, porque cada vez que mira dentro de su pecera no lo ve por ninguna parte. A Roberto, el pequeño pez de Jonás, le gusta esconderse entre las plantas para jugar al escondite y sólo sale cuando le echan un puñadito de comida.
Esa mañana, como todas las mañanas -excepto el sábado, el domingo y los festivos- Roberto se quedó sin compañía. El lobo entró en la casa, intentó abrir la nevera y buscó por los rincones, y, decidido a no comerse las petunias de las macetas del salón, se fue derechito al cuarto de nuestro niño grande. Allí, en su pecera redonda, llena de algas artificiales y algún cofre de tesoros, se encontró, mirándole atentamente, a un pez de color naranja, grande y gordo. "La comida está servida", pensó el lobo, y así era. el problema surgió cuando se avalanzó sobre la casa del pececito y se dio cuenta de que no le cabía la nariz.
El lobo intruso y hambriento se marchó, sin ocurrírsele ni por lo más remoto tirar la pecera, simplemente porque esas cosas no se hacen.
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