jueves, 11 de noviembre de 2010

El gato de escayola



En un rinconcito de la habitación grande, la que usan Aurora y su gato, se ha colado un impertinente desfile de hormigas. A Aurora le encanta verlas ir y venir, y les deja granitos de azúcar, trocitos de fruta y hojas diminutas. Las observa llevárselo todo a cuestas hacia la ventana. No entiende porqué son tan fuertes, y es que, para ser tan chiquititas, suelen portar alimentos más grandes que ellas y nunca descansan. Le resulta asombroso que, si pone una mano en el alféizar de la ventana, se suban tan tranquilas. Le gusta el cosquilleo y saber que no le tienen ningún miedo aunque sea un gigante.

Entran y salen por un agujero casi microscópico y, a veces, no las ve durante horas.

Aurora no sabe que están guardando comida y todo lo que les resulta útil para pasar el invierno. Tampoco sabe que hay muchos tipos de hormigas y que su pequeño gato prefiere jugar con ellas cuando se marcha. Sus juguetes de gato , sus laberintos de gato, su casita de gato, con bolitas y ratoncitos de peluche, están abandonados.


El gato de Aurora no es un animal corriente. Su habitación y la de Aurora son la misma, y en un rincón están sus cosas y en otro las de Aurora, que tiene tres años y unos cuantos muñecos y puzles, y lápices y folios para dibujar.

Tomás, el gato de Aurora, es tan listo que siempre sabe cuales son sus juguetes, pero las hormigas lo tienen un poco despistado y, en un descuido, ha roto el gato de escayola que guardaba la ventana. En el suelo se quedó el minino desconchado.

Aurora sigue pensando que fueron las hormigas las que tiraron el gato de escayola.

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