Algunos cubos de pintura

    Varito es un ratón poco corriente que vive en un tejado. Allí, en una casona abandonada y vieja, se construyó hace tiempo una casita con paja y trozos de madera. Su camita es una caja alargada que sirvió para guardar abanos.

    En el edificio de al lado, casi pegado uno con otro, vive Tabila, una ratita de color azul.
    Un día sí y un día no, suelen salir a pasear los dos ratones.

    Hace tiempo que Tabila le explicó a Varito como terminó dentro de un bote: el gato que la perseguía era muy rápido y ella, un poco torpe, como de costumbre, había perdido el equilibrio y se había caído desde la escalera de un pintor a su cubo. Podía haber quedado rosa o amarillo: justamente se cayó en el de la pintura azul celeste, y de ese color se había quedado.
    El resto de los convecino, y animales de los tejados de edificios colindantes, se habían acostumbrando, hacía mucho, a Tabila, y no la consideraban un caso raro por ser azul. El caso raro era su torpeza, porque, para ser una rata, resultó ser muy poco ágil.

    La mañana del segundo cumpleaños de Varito, Gladio, un gato gordo y anaranjado, que vivía en el número 32, se percató de la ausencia de Tabila en su tejado y alertó al resto del vecindario. Se reunieron bien temprano en la parte de atrás de uno de los edificios, en un callejón mugriento y gris. El primero en dar su opinión, aunque, por lo general, nunca se enteraba de nada, fue Kilko, que había coseguido abrir un hueco en la alambrada de su jaulita y abandonaba alguna vez su ruedecita y sus pipas para hamster.
    -Yo creo que se la ha comido un gato -dijo sin pensarlo mucho.
    -Los de por aquí no comemos nada que no esté enlatado -objetó Gladio, el gato gordo y anaranjado.
    -Está claro que tenemos que encontrarla pronto. ¿Alguna idea? -preguntó Varito, preocupado por la suerte de su amiga.
    -No sé, pero yo creo -explicó un perro pequeño, de orejas grandotas y alargado como una salchicha- que es muy probable que se haya mudado de piso.
    -Oye, Flaco -dijo Misti-, ya sabemos que no destacas precisamente por tu inteligencia, pero, ¿no puedes ser más simple? -rió la gata blanca de pelo largo y mullido.
    
    No tardaron en dejar de discutir, porque así no arreglaban nada, y quedaron de acuerdo en buscar por cada rincón de los sitios que conocían. Una hora después se reunieron en el mismo lugar.
    -Varito, ¿la has encontrado? -preguntó Misti. Y Varito negó con la cabeza-. ¿Y los demás? -Un silencio extraño se coló entre todos.
    -Nada de nada -protestó el hamster.
    -Esto no me gusta -dijo Misti-, pero no desesperemos. Estoy pensando que...
    Todos observaron a la gata blanca con atención: siempre se le ocurrían soluciones y esta no sería una excepción.
    -Vamos, Varito, sígueme. Tú, Gladio, allí -dijo señalando al otro lado del callejón- y, Kilko, sube deprisa al tejado, porque me parece que ya sé donde está.
    - ¿Dónde? -preguntó Varito, confuso.
    -Nos reunimos aquí en media hora. Suerte, chicos -respondió Misti-. Vamos, que hay que encontrar un cubo.

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