Claudia vive en un castillo inmenso, cerca de la calle larga que hay entre el mundo de Marta y la casa de Klaus.
Klaus y Marta son dos chicos de catorce años a los que no les gusta nada leer ni estudiar y que, además de vivir en el mismo vecindario, tienen algo en común. Ese "algo" es un secreto.
El mundo de Claudia es un mundo triste, porque Claudia se siente muy sola. Muchos criados cumplen todos sus caprichos y el lugar donde vive es muy hermoso, y, no obstante, no tiene con quien jugar, de modo que se las ha ingeniado para atraer a dos amigos nuevos.
Klaus y Marta ya no son unos niños, hace tiempo que saben perfectamente, o casi, como deben comportarse entre los adultos y se fijan a menudo en que hay gente más pobre y más rica y que las familias no se llevan demasiado bien últimamente.
De tal modo, se sintieron gratamente sorprendidos al encontrar una puerta, en el callejón solitario, que no habían visto nunca jamás.
Entraron en el mundo de la princesa solitaria sin pensarlo mucho y se encontraron con campos llenos de flores y chicos que jugaban alegres y adultos que parecían felices. Por allí no había nada de lo que solían ver habitualmente: no había televisores, ni edificios altos, ni bicis, ni perros; pero lo peor de todo llegó cuando descubrieron que tampoco había ordenadores y decidieron volver por donde habían venido.
-Marta, este es un sitio muy aburrido. ¿Nos largamos?
-Nos largamos -afirmó Marta-. Pero... un momento. ¿qué es aquello?
-Ni idea -dijo Klaus-. Yo me las piro. ¿Te vienes o no?
-No voy -dijo Marta-, no sin saber qué es.
-Está bien, te acompaño -concedió su amigo-, pero tiene pinta de ser un castillo corriente.
Y pensaron, al llegar, que era un castillo sumamente corriente, con sus piedras corrientes, sus torreones corrientes, sus almenas corrientes... No encontraron nada de especial en aquel castillo sobre la colina.
-Entremos -dijo Marta.
-Yo prefiero ir con Alberto a jugar en la sala a la Wii.
-Gallina -le dijo Marta a Klaus-. Puede que a simple vista sea un simple castillo; pero, ¿has visto? A través de la pared, en el callejón... todos felices... ¿es que lo has olvidado, gordo mental?
-Sin insultar -protestó Klaus-. Yo no olvido nada; lo que pasa es que pronto será de noche.
-Gallina -repitió Marta-. Yo voy dentro, que a lo mejor esto es un mundo parecido al de La Historia Interminable, ya sabes, la historia de Bastian y el dragón, la princesa...
-Sí, ya sé. Michael Ende. Listilla.
Con gran esfuerzo consiguieron abrir la puerta del portón, después de aporrear infinidad de veces sin que nadie acudiese.
El interior era cálido y tampoco tenía nada de especial. A cualquier lado que fueras te encontrabas silencio, armaduras y chimeneas encendidas. Marta y Klaus lo observaban todo con muchísima curiosidad. Era la primera ocasión que tenían de ver una construcción de ese tipo en ese tiempo: es decir, aparentemente, aquel no era un mundo actual. No tenían ni idea de en qué época estaban: el aspecto de las cosas y de la gente no les decían gran cosa y no les recodaba a nada conocido. Bueno, sí, un poco, la construcción de piedras en la que estaban tenía una pinta parecida a un castillo medieval, de esos que visitaban en ocasiones como turistas.
De pronto, oyeron un ruido en el piso de arriba. Se agarraron el uno al otro y estuvieron a punto de salir corriendo, pero, la verdad sea dicha, ya no sabían dónde se encontraban y mucho menos cómo hallar la salida. Decidieron ser muy precavidos y seguir explorando. Lo más llamativo del asunto es que, cuando subieron las escaleras, se encontraron a un montón de gente atareada entrando y saliendo de una habitación.
-El cepillo ahí, la colcha del revés y la cama la quiero mirando hacia el sur. Hola, chicos.
Todo el mundo se movía a su compás, como si cantara y aquello fuera un baile. Felices danzaban, colocando cosas y riendo, todos menos ella. Ella no sonreía. Estaba triste y su piel pálida como la de un enfermo. Bajo los ojos azules y cansados había dos manchas moradas.
Klaus y Marta decidieron no preguntar. Siguieron con la mirada los bailes, los canturreos, el ajetreo y el ir y venir de todos esos objetos y personas por la habitación, en medio del alborozo. En el fondo, se preguntaban con extrañeza que hacía que la niña del otro lado, la que estaba cerca de la ventana, tuviese ese aspecto de enferma, como cuando ellos tenían la gripe o se les revolvía el estómago y no dejaban de vomitar.
La niña se sentó cerca de la ventana, pensativa. Todos, absolutamente todos, excepto Klaus y Marta, siguieron con su ir y venir; esto a Marta no la incomodó en absoluto; para Klaus las cosas eran distintas: Se sintió inquieto y apesadumbrado, enrojeció de ira y a punto estuvo de caer redondo al suelo, de tanta impaciencia y tanto trajín; a la princesa no se le despeinó un cabello.
-Listo- dijo la princesa, ajustándose la diadema sobre la cabeza-. En un rato me voy a dormir.
-Pero si es de día- dijo Klaus.
-Yo me voy a dormir contigo- dijo Marta; y Klaus pensó que estaba perdiendo la cabeza. Marta bostezó.
-Seguimos mañana, Klaus.
-Locas, locas de remate- pensó Klaus en un aparte.- A dormir a la una. ¿Y cuando piensan comer? Locas, locas de remate.
Se frotó la frente y se sentó en un sofá, y no tardó en quedarse dormido también. Que no quisiera dormir, no quería decir que no se durmiera, y así fue como sucedió. Dormir y dormir, tanto, tanto tiempo, que, cuando se despertó, las princesas eran dos. Klaus se preguntó porqué Marta era una princesa, si Marta nunca había sido una princesa.
Se restregó los ojos con los puños, bostezó, volvió a abrirlos y se resguardó del sol con las manos abiertas sobre la cara. Vio a Marta entre los dedos y lo que vio entre los dedos no le gustó nada.
-Melón. Yo de ti me centraba un poquito y dejaba de dormir.
-Si estoy despierto- protestó Klaus.
-Despierto del todo- dijo Marta, y se acercó para pellizcar a Klaus.
-¡Auuuch!- protestó Klaus, y Marta sonrió.
La princesa también sonrió, sentada en el borde de la cama, con su vestido azul.
-¿Desde cuándo eres una princesa?- preguntó Klaus en un chillido.
-Desde siempre, y tú tranquilo.
Klaus suspiró y se recostó en el sofá. Sin saber porqué comenzó a sonnreír el también, y se dio cuenta, sin asombro, de que la habitación estaba vacía.
-¿Cuánto tiempo hemos estado durmierno?- preguntó.
-No mucho. Unos días, tal vez- contestó la princesa.
Y Marta, con su vestido azul y su pelo rubio, se empeñó en marcharse sola hacia la puerta del castillo.
-¿Qué haces?- preguntó Klaus otra vez.
-Poca cosa- dijo Marta.-Volvemos a casa.
-Si no he logrado ver nada. si no sé qué le pasa a la princesa... - se quejó Klaus, siguiendo a Marta a regañadientes-. Y, además... ¿piensas salir con ese vestido?
-Pienso, pienso- dijo Marta-, luego existo.
-Loca, loca de remate.
-¿Qué dice?- preguntó Marta, mirando a Klaus sin detenerse.
-Yo vuelvo a la habitación.
Klaus se detuvo y miró hacia atrás.
-Vale, te espero aquí- concedió Marta, sentándose en un banco cerca de la pared.
-No, mejor nos vamos- dijo Klaus, inquieto.
-¿Nos vamos o nos quedamos?- Marta cruzó los brazos, aguardando una respuesta.
-Vale- concedió Klaus-. No me quedo, pero cuéntame porqué estaba enferma la princesa.
-Tengo una idea mejor- dijo Marta. Se levantó de un salto, tiró de la mano de Klaus y corrió hacia la escalera, la escalera del ala norte del castillo, la que no habían visto.
-Será divertido. Luego nos vamos a casa.
-Será divertido- repitió Klaus, entusiasmado-. Y subieron la escalera y se perdieron en todas las habitaciones.

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